domingo, 17 de junio de 2007

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  1. Rp./
    Votivos (néctar matemático de extática instilación)

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Votivos

Votivos
Votivos. Editorial Yaugurú. Montevideo, 2011. Ilustración de Adolfo Nigro.

3

Llega y se llaga de pretéritos
Una voz de telas imprevistas
Mientras busco tu vientre
En las sábanas tardías.

Votivos ("Amaban")

4

Protegí tu orgasmo
Como conciencia de uvas griegas.
Balbuceé mis primeras lágrimas
Cuando te vi convertida en surco.

Votivos ("Amaban")

27


Esta noche sufro una derrota.
Lejos o cerca tu pan es una osadía,
El hambre me espera.
Siento tu brazo extraño negando las migas.

Votivos ("Amaban")

6

El agobio mudo
No muda su memoria.
Infamia de huesos
Que historia sus cadáveres.

Votivos ("Temían")

27

En el río de pájaros
Las madres vírgenes
Arriesgan sus úteros
Para nacer los muertos.

Votivos ("Temían")

46

Se descorre un cierre de mentiras adversas.
Se himna el sepelio del vacío.
Merodea en la bondad de la piel
El beso de una madre que hija.

Votivos ("Temían")

1

Delmira hundió sus verbos crudos.
Desató lápidas para inventarlas vientre.
Y encontró en la rudeza estéril de los sujetos
el degüello súbito.

Votivos ("Partieron")

15

Rigoberta imploró su sangre con espinas.
Completó la mesa maya con ídolos humanos.
Entreabrió lanas rojas y amarillas
Para que aprendiéramos de triunfos rotos.

Votivos ("Partieron")

25

LLegué a tu santo padre
En la espina de una cueca.
Dolida cuerda que punzas
Y me impulsas en fusas violetas.
Votivos ("Partieron")

Votivos. Una obra de gozo. Jorge Arbeleche

Pienso, con absoluta certeza, que es uno de los mejores libros de Jorge Nández. La poesía deja fluir acompasadamente su luminosa veta lírica, sin lastre alguno de literatura. Hay un estremecido y vibrante sacudón del lenguaje que subvierte la sintaxis ortodoxa para encontrar la suya propia, y así, la lengua culta o el habla cotidiana, se metamorforea en verdadera lengua poética, donde un verbo se torna sustantivo o un adjetivo puede hacerse verbo, con absoluta naturalidad.

Las tres partes se balancean con perfecto dominio de la estructura y balance de los ritmos, para lograr una unidad rotunda que aúna a su armonía sonora, la densa y, a veces, áspera reflexión sobre los eternos enigmas del amor, el tiempo, la violencia, la creación y las creadoras que, en unos leves trazos, el poeta dibuja con nítido perfil, figura y obra.

Es una obra de gozo en la que el poeta ha hallado la clave para encontrar la exacta dimensión de su palabra.


Comentario de Hebert Benítez Pezzolano

Votivos es indudablemente el mejor libro de Jorge Nández, su mejor instancia de decantación. Yo veo una condensación fuerte ligada a la palabra en una orientación estética inequívoca. La brevedad nunca se convierte en abreviación, como varios suelen hacer ahora: poesía cortada en nombre de una presunta sugestividad. Votivos apuesta a las densidades del lenguaje, como si no pudiera ser de otra forma, con diferentes trazos, con distintos alcances, con la palabra buscando y encontrando nuevas conciencias y nuevos límites, siempre en el campo de la elaboración y en las necesidades poéticas del minimalismo.

Simas

Simas
Simas. Editado por Editorial Monteverde. Montevideo, 2006. Collage de Adolfo Nigro

A costa de versos

Sobre alguna superficie de verbos huérfanos
la duda incrusta dagas maltrechas.

Los vértices siembran vacíos
y los escombros se oscurecen en hombros ardidos.

El poeta escudriña sus gatos de Bagdad
mutando –bajo impuesta condición de perfiles-
sombra por pasos, vaguedad y reliquia.

Cualquier caricia, inesperados acordes
son las luces de los ciegos
en este pabellón de notas estridentes y jóvenes iscariotes.

No resulta simple ser sencillo a la hora de asumir
/horas
cruzadas
pues la orfandad ha quitado pan a las miradas.

Nadie puede asegurar que la verdad no es mentira filosa.
Deambula la inercia del tajo como si fuera de nuestra propia
/casa.

Recojo los gajos de un afán magnánimo y caigo en la trampa de creer.

Qué difícil el hartazgo.
Dónde reposa la calma de los ciclos.

Los jóvenes siguen aguardando de las palabras...

Las ventajas son ventanas,
múltiples combinaciones de cerrojos y agresiones.


Lentamente, se hace círculo e impacta tu penumbra en mi
/alcancía.

Simas

Sima

Las estrellas estallan vértices inauditos
y a la hora exangüe
encallan húmedas de hierro
en penumbra de rocas

En esta recámara de hombres,
-donde convergen
distancia, cercanía,
curvaturas e identidad-
piedra y caverna indagan
la conciencia sin mallas.

---
Como insultos enguantados -mitigados harapos-
cuelgan los caprichos de una burbuja absurda,
los impulsos perversos
ante la conciencia impactada.

En la cavidad de la roca
-asombro telúrico-
nace el aliento de cadena
la aspiración postergada,
el grito sumergido,
los estallidos de intemperie que cada hombre rebela
y redime a costa de versos,
en versos ocultos,
mientras las manos y sus patios albergan dagas y pinos.

---
Latidos,
vástagos
vértigos cruzados
-en una cuenca sin cuadrantes-
lastiman,
se hunden
en busca de la estirpe,
-fundar la estirpe-
de uno mismo
desde uno mismo:
ensenada, cueva, polvo, nada, todo,
la profunda quebradura que no acaba
donde comienza el salmo y el sueño
la retirada,
la reiterada vocación humana.

---
La tarde acoge su costado geométrico,
-refugio de telas místicas-
en un juego de almas, vapores de mugre y llanto.

Entre pecho de agujas, los volcanes exhaustos
exhalan réplicas inmediatas
y, en el ímpetu subterráneo,
sangra la luz, disímil y homogénea.

---
La vida como una viga golpea de agua al corazón.
Los arrebatos entrecruzan estocadas llameantes,
-claves hirientes-
cuerdas rocosas que inventan su cumbre,
una cima de cerros cósmicos y árboles utópicos.

---
En la sima y sus torrentes
toda carta dispar trama semejante el final de palabra.
Simas

De viejos viajes. Andrea Blanqué. (Prólogo del libro Simas.)

Escuchar la palabra cima despliega imágenes de cordilleras, de gavilanes, de nieves eternas. Jorge Nández ha viajado y ha escrito poemas en lugares rodeados por cimas, se ha sentado a escribir con paisajes que lo miran a él mientras escribe: Santiago de Chile, Cuzco, Quito, Bariloche. Los topónimos marcan el final de cada poema de este libro, rubrican su ritmo.
Pero, sin embargo, no son cimas geográficas, sino simas, las evocadas en el título de este poemario. No son las cimas del viajero sino las simas del poeta. (Con una ese “fricativa ápico alveolar sorda” en lugar de la “fricativa interdental sorda” que suena en España).
¿Qué es exactamente una sima?, pienso para mí. Tengo un viejo diccionario de la Real Academia que me acompaña desde que era una estudiante en el IPA. (Desde que era compañera de clase de Jorge). Su tapa es de tela gris y su interior está perlado de pequeños dibujos detallistas. Cada vez que lo tomo resuena en mis oídos la “Oda al diccionario”, de Pablo Neruda. Busco en las páginas amarillas de “el gran mago”. Y allí, en el diccionario, en el “granero del idioma”, está la definición de sima. Es bella y precisa y dice: “Cavidad grande y muy profunda en la tierra”.
Así que este es un poemario que recorre cimas, alturas, cumbres de Cuzco, torres de Buenos Aires, cerros de Río de Janeiro, cielos de aguacero en Punta Colorada, y hasta astros de Montevideo “que confunden las cometas hace mucho más que un siglo”, pero es en verdad un “viaje de contravientos y olores”. Un viaje que conduce nuevamente a la tierra, desde donde en verdad empieza a temblar la poesía:

En la cavidad de la roca
-asombro telúrico-
nace el aliento de cadena
la aspiración postergada,
el grito sumergido,
los estallidos de intemperie que cada hombre rebela
y redime a costa de versos,
en versos ocultos,
mientras las manos y sus patios albergan dagas y pinos.

* * *

Entre cimas y simas, cuánto viaje.
“Navegar es un tibio soplido al rumbo incierto”, dice Jorge Nández.
Era incierto el tiempo en que Jorge y yo compartíamos aquel monacal y cuartelario IPA de la dictadura; era incierto el Madrid incipiente que nos esperaba a nosotros, estudiantes latinoamericanos, para que nos zambulléramos en su lengua de Castilla, llena de fricativas interdentales y resonando en las bulliciosas calles con sonido a Pérez Galdós. Era incierto el cuerpo, la biología, la descendencia, los hijos, aunque hoy, se haya cumplido el pacto con la vida que el poeta establece en estos versos: “Fundar la estirpe,/convertir emisiones líquidas en venas viriles/hasta fundir en un haz la fuerza congénita”.
En México, Jorge Nández, veinte años después de nuestras recorridas por calles y plazas de Madrid, se pregunta por “los versos perdidos que deducen su ala”. Una parte del viaje está hecho, ya no es incierto. En el medio ha habido de todo, hasta guerras, “la guerra que ataca tiene crudas las manos/y hervido su filo en piedras resecas”. Y algunos tramos del viaje tienen una nitidez asombrosa, tal como el poeta medita en Buenos Aires, donde “cuelgan las veredas en nuestras manos/como recordatorios para el corazón herido”.
El tiempo es el doblez del recorrido, el tránsito por el espacio, el devenir del viaje. Jorge Nández lo sabe y a veces se siente exangüe, en “espera sin brújula fija/junto a los vidrios”.

“Pasan los pasos./
Taconean los oídos./
Cruzan los años./
Y uno permanece a su disposición de lo vacuo./
........................................................................................................
Al cabo no queda más que una pregunta:/
¿qué hacer para no deshacer lo poco que resta?”

Pero hay algo que acompaña el viaje, y que latiendo, presta atención a ese itinerario de cimas y simas: es la palabra. “Cruje la lengua y hace sus gracias de puñal”. Son las palabras. Jorge Nández pronuncia y escucha las palabras al hacer poesía: se ha pasado la vida pensando en ellas, trabajando con ellas, auscultándolas. Entonces sus poemas están llenos de rimas internas (“y es más sano ser enfermizo, quebradizo, huidizo, rechinante”) o de palabras escondidas (enaguas que ocultan aguas).
En Quito piensa “El agua urde el tejido,/ se desteje la historia y / espera... desde los ángulos de la palabra”. Él conoce su poder infinito, su carisma: “Los jóvenes siguen aguardando de las palabras...”
La poesía de Jorge Nández es una íntima correspondencia entre decir y oír. Son poemas que escuchan el mundo y a la vez lo mencionan, lo pronuncian: “y escampa el poeta sus versos/ mientras oye los labios del vendaval”.
Y toda ella tiene una consigna, una brújula no perdida: “Hacer de versos la vida, abrevar”.

Imprimismos

Imprimismos
Imprimismos. Artefato. Montevideo, 2005.

Imprimismos

Aquella vez te vería
estaría próxima sinceramente
bajando de pronto
cuatro de octubre oficial dos 470
y un transparente que alababa su sombra
No hay aciertos ni laterales
Señales acaso que signan
impresionees imprimismos
vagas circunsferencias
de buscarnos de uno a dos
cuando el sol ya saldría
Para nunca
definitivamente

Imprimismos


Crecer de tierra

Crecer de tierra
vaivén de viaje
hallar tu cara en los espacios blandos de la espera
llegar a mano ansiosamente
hacerte ojo luz labio ala
hasta pulirte -mansedumbre- por las noches
en un cuarto de nana

Qué suave de caricias se haría la piel
cuando amanecías en tu costado

Los años construían sus pedales
Te viera correr entre flequillos desenvueltos
en las picardías de la túnica
orillar el parque con tu magia de espadas

Fue de la mano al puño
del agua al pez
en cada remo fuese
que diste en palabra tus palabras
Y descubriera que detrás de la moña
brotaría el pájaro en su ciclo
el corazón en tu vientre

Acompañar tu presencia
hacerse tu presencia un mundo necesario
Enlazar señal de camino -lazo que abraza-
Verte crecer la tierra desde tu raíz
Para extrañarte siempre
Para aprenderte siempre

Imprimismos

Lo inefable o lo que no existe. José Manuel García Rey. (Apuntes sobre Imprimismos.)

Cuando el decir está comprometido, cuando la palabra se seca, se repite o memoriza contenidos se vuelve necesario varearla, estirarla, insultarla, despertarla, amasarla, escupirla, acariciarla, como dice Paz. Cosas de la poesía moderna ya perfiladas, en buena medida por el poeta adolescente y subversivo Rimbaud, y que son hoy parte constitutiva de la lírica. Es ahí donde se produce la tortura en su sentido etimológico: un torcimiento compensatorio, un giro que vuelva las palabras nuevamente significativas. En Imprimismos hay sacudidas, cambios bruscos de dirección, uñas que súbitamente traspasan el tejido de la bolsa. Para unos la poesía debe llegar a decir lo que hay, se ve, o se escucha; para otros, vive colgada de los pretiles de la lengua, en los entresijos del tiempo, del que también está hecha. Pero hay quien quiere obligar al lenguaje a decir más, a decirlo todo, a nombrar lo que está aún por decirse, lo que aún no es. Es una especie esta de poesía zapa, removedora del discurso. Es evidente que la palabra poética está siempre llena de significados (a los que no escapan la famosa jitanjáfora, las canciones infantiles ni los textos de Michaux), pero sin duda su esencia radica en su emplazamiento y en su música, su consanguinidad o extranjería, su alegría o desazón; sus ideas y sus temas pesan y dan carácter aunque son cosa secundaria, accesoria, pintoresca, histórica, como afirmaría Werther. Y porque la palabra es tan importante, se vuelve imposible la traducción, y no se entienden afirmaciones del estilo de “me ha influido mucho Pushkin o Kavafis” en un escritor que maneja únicamente el español. No hay universales fónicos aunque puedan apreciarse semejanzas entre familias lingüísticas. Hay en estos textos un decir que hurga con insistencia en el lenguaje coloquial, que rebusca en lo conversacional y que encaja bien en la temática íntima. Aquí (en estos ambientes populares y/o familiares) sitúa el autor los recursos abundantes que transforman paulatinamente su discurso, haciéndolo derivar hacia regiones más confusas o de difícil captación, en los límites de la cosa social, unas veces, consiguiendo de lo cotidiano metafísica, otras. Los versos van tejiendo un decir solapado cuya otra cara tarda un tiempo en manifestarse. Muy a menudo el texto arranca de un mundo lírico inmediato, ubicado en patios, huertos, esquinas, que, rememorando juegos e infancia, recreando amistades o amores, deriva también muy a menudo, y escondidamente, a reflexiones y sentimientos complejos, a paradojas y al sinsentido. En efecto, el libro se mueve en el territorio de lo nacional, criollo y suburbano (sin petulancias), ahí donde suena una polifonía de voces próximas y lejanas: Carriego y Juan Cunha, Borges e Idea Vilariño –territorio que comparte también con Benedetti y sus calles, sus manos, sus abrazos, sus barricadas. Pero es bueno saber que estas voces no son eco de aquellas, pues no se trata de repetir, el timbre no es el mismo, porque estos poemas pertenecen, no cabe duda, al finiquito del siglo XX y son, en ese sentido, buenamente (pos)modernos. Y sus llamadas a la intertextualidad también lo reconocen. Y como ocurre con la buena literatura, lo local se universaliza, lo personal se ha trascendido. En buena medida, la condición poética de los textos se instala en la lucha desarrollada con la palabra y contra ella; el problema es decir, o sea, es conseguir que la palabra se adapte al sentimiento, a la visión, a la memoria, al deseo. Jorge Nández hace aquí un trabajo intensivo en la sintaxis expresiva de los textos, lo que evita ciertos excesos habituales del verso libre. La cadencia, el ritmo, el tempo, característicos de la prosa, se equilibran en este libro con las rupturas y los desparejamientos, que no sólo no estorban las abundantes analogías y citas del lenguaje referencial, sino que acaban potenciándolo. El verso libre tiene aquí uso y función , ya que, en demasiadas ocasiones, es al mismo tiempo superficie y fondo e irrelevante cotidianidad. Imprimismos consigue codificar verdades, aprisionar experiencias, moviéndose por el mundo más o menos prosaico de lo habitual. Es en ese nivel donde aparece la huella vallejeana más humana y sufrida, adusta hasta el hueso: la presencia de un Trilce que muestra su juventud con la visita. Pero la cotidianidad viene acompañada de perseverantes deícticos (esencialmente existenciales) y adverbios (a veces neologismos contundentes), de las voces y aires populares, de perfumes de flores que suenan a tango, patios, otoño, callecitas de barrio (¿La Aguada, El Prado, Maroñas?...), de cometas y botijas, de la infancia y “su pequeña estatura”; todo eso así atado, dando rostro, carácter y color a los textos: haciendo literatura. Los recursos (muchos) rompen el gesto adusto o seco o melancólico que se adueña de buena parte de la atmósfera del libro, pero a veces lo secundan (como en “Límite nombre”) para mostrar las dificultades de la lucha por el sentido y por la necesidad del decir. Es una constante estilística el uso reiterado del subjuntivo (modo verbal de los deseos, de lo que podría ser o pudo haber sido, modo rico en posibilidades expresivas, pero poco explorado y explotado); este modo aparece en variados contextos y le acompaña muchas veces el infinitivo para completar ese mundo final deseado, esa verdad aún no divisada pero que se quiere dibujar revolviendo el pasado, la infancia, sobre todo. El manejo ágil, atrevido, arriesgado de los tiempos verbales, la combinatoria variada, compleja de los pronombres (yo y tú, fundamentalmente), los mismos títulos –que vuelven a dar un giro al discurso, a los significados, dejando pistas, haciendo guiños al lector sutil– completan el pulso, la apuesta por el decir más de lo que se dice, por decir lo otro, lo que está detrás, debajo de la tinta, de la comunicación de las palabras mostrencas de la tribu. En el condicional –igual que en el subjuntivo– las acciones dependen de una colateralidad, de un agente exterior, no del hablante, quien puede tener la intención pero no la decisión del asunto. Eso parece agregar a los textos un tono melancólico y pesimista: lo deseado no se ha producido ni se producirá. Sólo confusión es la fusión de los pronombres: “Verte a mí las manos sueltas” “Verme a ti las manos mudas”. El infinitivo propone también situaciones hipotéticas, desdibujadas por el halo de lo posible-real. Hay tres o cuatro textos magistrales o redondos o acabados, como “Ocasionales tumbos”, “Bajo la tinta”, “Imprimismos”, que acarrean sus propios principios estilísticos: la brevedad, la resonancia, y el detalle definidor. El verso libre no puede ser la excusa en la que se ampare la gratuidad; nada más difícil que su manejo, tan semejante en apariencia a la prosa, tan equívoco en el uso de sus ritmos menos perceptibles, más dudosos, si valen los términos. Pero aquí sirve para saltar de un concepto a otro ampliando su campo de referencias y creando resonancias y misterios, zonas nuevas de encuentro entre unidades significativas. Esto podría verse: el libro pone a jugar una serie de elementos aparentemente estancos, pero que poco a poco van construyendo un todo. Las partes se citan, se recuerdan, se aluden o se eluden: intertextualidad, libro, atmósfera, estilo; la urdimbre sostiene la prenda con colores y dibujos bien visibles. Una vez dentro del círculo hermenéutico, todo echa buena luz y habla. El autor nos propone temas de la memoria en donde es habitual la búsqueda (ya se sabe que la memoria es móvil, nerviosa, desmemoriada, selectiva) y el tiempo es el camino por donde actúa, se mueve, deriva, y la infancia, el sitio donde prefiere estar. Es la búsqueda de lo que es o fue o pudo ser o no será jamás: fragmentos de una verdad que tal vez no exista; la palabra dice y desdice, se multiplica en laberintos –retratos, espejos, espejismos–, señala lo que está más allá de la tinta, de la impresión, lo que no puede ser dicho: lo inefable o lo que no existe. Imprimismos son impresiones, es la letra como torcedura, como sacudida, pero también apunta a lo más personal e intransferible del individuo: la mismidad, con un cierto aire de experiencia estanca y exclusiva. Mismidad, identidad, rostro, retrato que se intenta recomponer hacia atrás (los ejercicios de memoria) y hacia el “por venir”, proyectándose en un hacia delante tan condicional como subjuntivo. Se lee en “Hacías que me escribo”: “[...] hacerme hombre/ hacerse/ –te das cuenta–/ llegarme a esta hora en que me escribo”. Aquí los pronombres inclinan el discurso –preñado de ironía– hacia lo existencial y la escritura se observa como el punto de llegada desde alguna experiencia anterior que remata, que adquiere relieve en la tinta del discurso –el negro sobre blanco, de cierto regusto publicitario–. Y cuando acabamos el libro (instalados en el círculo hermenéutico del texto ya para siempre) sumamos otro conocimiento iluminador: “Siempre hay demasiado bajo la tinta”.

Los rostros y la cara.

Los rostros y la cara.
Los rostros y la cara. Ediciones del Caballo Perdido. Montevideo, 2002. Dibujos de Jorge Nigro.

xii

Los poetas arman la vida dejando espacios en blanco;
ritman el alma de los huecos;
oxidan los flancos abiertos;
clasifican con sus códigos y castigo
las impresiones bilabiales del verso y el beso;
fecundan por generaciones los antagonismos y las vísceras;
amalgaban sin pertinencia la sangre y la química;
supeditan la ilusión al pan;
editan manifiestos;
retuercen en hileras el devenir y el retorno;
descubren la lluvia de lo absurdo y lo basto;
transgreden la conducta del cielo;
y calman sin tiempo la norma herida.
Naturalmente poetizan, contubernian,
erotizan y necesariamente encierran su academia;
blasfeman, ríen o mueren silentes.
Con todo, perviven los ídolos y los catedráticos
en el infierno, en el limbo o en sus propias caderas.
A pesar de todo, de cualquier manera,
el agua corre, yo quiero, María lee.
Al fin:
la vida no tiene estilo;
la libertad no tiene nombres.

Los rostros y la cara

Un oficio ambiguo y agónico. Ricardo Pallares. ( Epílogo a Los Rostros y la Cara.)


Hemos leído un discurso poético de intensidad sostenida. Una intensidad que se percibe desde el lugar de la enunciación. Sentimos que dicho lugar también es un tiempo espiritual de búsqueda artística desde el cual un yo se proclama, dice y se dice, se asume en relación a otros y el mundo.

Acontece que, si bien se mira, varios de esos otros están en el sí mismo del hablante. (A modo de ejemplo, el texto I dedicado a Matilde Bianchi finaliza diciendo “y está tu voz que enamora el paso de la fatiga/ y hace fuego la cruz.” Es notorio que la voz de la poeta está estatuida por la voz que allí enuncia.)

A su vez el mundo con el que se relaciona, si no es un “desmundo” por lo menos hace que el sujeto desviva y se desviva por las pérdidas, las faltas, el desasimiento, los quiebres, las irrupciones del absurdo y del sentido no encontrado. (En la poesía III dedicada a una militante y docente emblemática, invirtiendo el procedimiento del primer texto, dice al final: “Ahora yaces en tu pecho/ herida de cielo/ y llevas en tu voz mi vida y sus ripios.” También es el caso del primer verso de la poesía XII: “Los poetas arman la vida dejando espacios en blanco.”

Por estas razones es que sentimos la presencia de un yo escriturándose, en acción de oficio poético que siempre es ambiguo, agónico, poseedor de opacidades no menos ciertas que su búsqueda de la identidad. Escribir, para el poeta también es poner marcas a su perfil para singularizarse en un proceso de comunicación que le concierne. Los ejemplos capaces de ilustrar este aspecto son muchísimos. Escogemos uno tomado de la poesía VI, “Las palabras y las horas se acumulan/ pero la muerte no se lleva todo consigo cuando/ la línea de la dicha cruza la mano abierta…”

Muchas de las poesías de este libro nos impresionaron porque, como ya se dijo, de alguna manera instalan una falta. Si es en el enunciado, mediante las elipsis. Si se trata del sujeto, a través de derivaciones y desplazamientos. Si se trata de los actos líricos o núcleos semánticos de la confesión, a través de la subjetividad que se oculta al tiempo que acendra la figuración. Cuando se trata de la realidad o del entorno, mediante el procedimiento de las impugnaciones y las denuncias tácitas.

Los comentarios precedentes podrían explicar por qué el discurso lírico de este libro de Jorge Nández tiene una fuerte cohesión a nivel de sus figuras que alcanzan -como es natural- hasta la propia sintaxis. (“Porque existe también/ la concordia que se inventa”, poesía VII. O este otro verso: “de vino y vamos entre palabras que pasaban, pasotas”, poesía VIII.)

Las imágenes, especialmente las metáforas, tienen una fuerza que viene de lo hondo y de la necesidad de encontrar o lograr un correlato expresivo coherente y necesario: verdadera e intrínsecamente creador. El ejemplo que selecciono es de mi lectura: “ Ciego el silencio de la casa aguarda otra madrugada/ que lastima con sus miedos”, (poesía IX). O este otro: “ Los hijos crean las estrellas, /cada hueco tiene su latido / y aún lo absurdo merece su destino”, tomado de la poesía XIII.

Las formas de manifestación de sentimientos y de ideas son, en definitiva, las que instalan la originalidad, sin perjuicio de todos los elementos de contexto.

Muy pocos pasajes parecen responder a ideas poéticas que no han pasado por el corazón (podría ser el caso de la poesía V).

En alguna otra oportunidad -por ejemplo la poesía X- hay cierto hermetismo o clausura o neobarroquismo que surgiría de una resolución poco lograda en el trámite de la enunciación o de un aherrojamiento propio de tiempos de rupturas culturales y epistémicas.

Algunas particularidades suyas recuerdan ciertas zonas de la poesía de Echavarren, de Achugar y hasta de Courtoisie. No se trata de insinuar “parentescos” ni conjuntos, menos cuando se destaca lo muy propio.

La segunda parte del libro tiene texturas, temas, formas y entonación con dinámicas y logros diferentes, son de otro tipo pero no menos buenos ni de registro sustancialmente diferente. A veces lo que transparece tiene un modo más inmediato.

Pasados todos los rostros queda la cara con sus mensajes.

Ricardo Pallares
Montevideo, otoño de 2002.

Aquí/Entonces

Aquí/Entonces
Aquí/Entonces. Ideas SRL. Montevideo, 1982. Dibujos de Juan Mastromatteo y Jorge Nigro.

Hoy llovía

Hoy llovía eternamente
sobrevenía en esta rambla
un largo fin de asfalto
una brisa entre nichos
una penumbra de lonjas
flojas

Santiguan los pasos
los crisantemos
la sombra
la muda cruz de edificios
que persignan una prolongada
letanía cotidiana
sin descanso
lenta
que acumula

Hoy llovía eternamente
sobre los vidrios
y los yuyos

Hoy persistían su entierro
tristemente sin pantalones
en este solar lunar
caseríos del fondo
en este silencio/que (nos) alquilan

Aquí/Entonces



Acumulación verbal en poesía montevideana. (Rafael Courtoisie. Semanario Opinar. Montevideo,1982.)

Se trata de otra breve plaqueta de poesía, de cuidada presentación. Incluye trece textos de variada extensión.
La temática recurre a las calles -desoladas o no- de una pequeña ciudad que es reconocible en su dinámica y en algunos de sus nombres propios: "de golpe solo por ramírez/tanteando y todo/rumbo arriba/un sentimiento de cerro". Se habla también de la bahía, de las "sábanas tendidas" y las "banderolas entreabiertas", entre otros elementos típicos de lo que conformaría una poesía ciudadana que va del mar a los techos de zinc y cuyos elementos más recurrentes son las veredas y las baldosas de las veredas, las calles que conducen y las calles que extravían, que pierden.
Hay en torno a estos elementos una suerte de acumulación verbal, una coalescencia de palabras que por momentos logra su meta expresiva.
Hay aciertos, por ejemplo, el manejo poético temporal en el poema "Hoy llovía", en el que se propone -y de algún modo, en la realidad del texto, se instaura-, una posible abolición del discurrir del tiempo: "Hoy llovía eternamente/sobrevenía en esta rambla/ un largo fin de asfalto/ una brisa entre nichos/ una penumbra de lonjas./
Esa expresión "hoy llovía eternamente" apunta a una de las claves de la poesía típicamente montevideana. Más que una lluvia literal, la expresión connota una lluvia de otra índole, un tiempo -o una acción- nostalgioso, eternamente estancado pero a la vez latente, cíclico.